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No soy igual en lo que digo y escribo. Cambio, pero no cambio mucho. El color de las flores no es el mismo bajo el sol que cuando una nube pasa o cuando entra la noche y las flores son color de sombra. Pero, quien mira, ve bien que son las mismas flores, por eso cuando parezco no estar de acuerdo conmigo, fijaros bien en mí: Si estaba vuelto para la derecha, me volví ahora para la izquierda, pero soy siempre yo, asentado sobre los mismos pies. El mismo siempre, gracias al cielo y a la Tierra y a mis ojos y oídos atentos, y a mi clara sencillez de alma.

martes, 16 de octubre de 2012

Siempre fui muy tenaz con todo lo que quise. Si dejo cosas por la mitad, es porque tiendo a aburrirme rápido; hasta las personas me cansan, tarde o temprano. A veces, sólo tengo ganas de estar conmigo y ni quienes más amo pueden cambiarlo o apurar ese lapso de tiempo en donde quiero silencio o música y nada más que encontrar tranquilidad conmigo misma. Después, reacciono y me doy cuenta de que vivo en sociedad y vuelvo a la normalidad, pero son momentos que tengo que respetar porque aprendí que, si necesito esa introspección, algo no anda bien en mí...

Decía que soy perseverante. Detesto que se me cierre una puerta en la cara, que me fuercen a abandonar algo porque no sé cómo se hace. Adoro las cosas complicadas, me aferro mucho a ellas pero también aprecio lo fácil, por el simple hecho de que, a veces, necesito un respiro, ¿y qué mejor que lo servido en bandeja? No obstante,  me dura poco. Lo disfruto, le saco el provecho y vuelvo a lo que es mi vida llena de metas que para nada están libres de obstáculos en el camino... Por eso las amo. Por eso me aferro. Por eso me quitan el sueño y se me dibuja una sonrisa cada vez que me imagino concretándolas.

Soy vaga; de naturaleza soy vaga y desmemoriada, voy pateando las cosas conforme pasa el tiempo, pero me trazo algo y, tarde o temprano, llego. En el camino me desmotivo, me cuestiono las cosas 30 veces porque eso también es parte de lo que soy; hasta dejo que esas metas iniciales muten en otras, pero sé adónde voy y no quiero llegar por el mero hecho de llegar en sí, sino para demostrarme que mis sueños tienen lugar acá, que no vivo al pedo porque esa sería una de mis decepciones más grandes. Realmente, la sola idea de pensar que estoy acá de paso, me frustra. Sé que no voy a dejar mi huella en este mundo como la mina que hizo algo significativo para la humanidad o cosas de ese estilo, pero no me permito no cuestionarme lo que me rodea y sólo disfrutarlo porque se me dio de gratis; yo tengo que saber porqué y para qué estoy acá, porque hay una razón y la voy a encontrar.

De todas formas, esto de ir atrás de lo que quiero viene siendo parte de un gran proceso, porque tampoco significa que me guste tal cosa y deje todo lo que ya tengo por un simple capricho; sé lo que se sufre gracias a un impulso, ahora sí, y comprobé que lo que puede parecer el dulce más rico de todos, no es más que eso: Algo que tienta, que está bueno, sí, pero que no va a llenarme nunca.
El tema es que tengo que darme de frente con el error, vivirlo, para saber que no es así como tienen que ser las cosas. Por ejemplo, hay una película, cuyos comentarios vengo leyendo hace muchos días porque me dieron ganas de verla pero todos decían/dicen que es traumante o cosas de ese estilo, y estoy esperando que alguien la recomiende para darme el pie a verla... Sé que, tarde o temprano, voy a hacerlo; me arrepienta o no en el momento...
Lo mismo con consultas que les hago a mis amigas, por ejemplo. Les pregunto cosas porque son mis amigas, les pido su opinión y punto de vista, pero bien sé cuál es el mío desde antes, distinto es que no quiera darme cuenta. Y bien sé que, a la hora de hacer las cosas, voy a terminar haciendo lo que siento, así vaya 100% en contra de lo que mis amigas me aconsejaron.
Muchas veces, eso termina con mi dignidad y lo poco que me queda de orgullo por el piso, conmigo llorándoles al lado, pidiéndoles perdón y diciéndoles que no va a volver a pasar, cuando los tres bien sabemos que esto es sólo el comienzo, porque, después de todo y a la larga o a la corta, siempre llegamos a la misma conclusión: ¿Quién me quita lo bailado?

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