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No soy igual en lo que digo y escribo. Cambio, pero no cambio mucho. El color de las flores no es el mismo bajo el sol que cuando una nube pasa o cuando entra la noche y las flores son color de sombra. Pero, quien mira, ve bien que son las mismas flores, por eso cuando parezco no estar de acuerdo conmigo, fijaros bien en mí: Si estaba vuelto para la derecha, me volví ahora para la izquierda, pero soy siempre yo, asentado sobre los mismos pies. El mismo siempre, gracias al cielo y a la Tierra y a mis ojos y oídos atentos, y a mi clara sencillez de alma.

lunes, 22 de octubre de 2012

Sin Pena Ni Gloria

El otro día, antes de bajarme, el tachero me dio un consejo que hasta parecería bastante obvio, pero que, en mi caso, es muy difícil de llevar a cabo. Después de desearme suerte en la vida y demás, me dijo Nunca te aferres a lo que te haga daño. En ese momento, se me vinieron diversos ejemplos a la mente, porque soy una mina que pocas veces se resigna a bajar los brazos y aceptar que ciertas cosas ya fueron, que ya cumplieron su ciclo en mi vida. Me cuesta mucho cerrar etapas, dar vuelta la página, aceptar que no voy a volver a ver a tal o cual persona que, en su momento, me hizo bien. Y no es malo, porque eso forma parte de seguir adelante, nada más que mi mente no lo acepta. Me duele mucho, y esa es la razón por la cual reincido en un 50% de mis errores. A veces, se trata de errores de cosas que hice, que no incluyen a nadie más, simplemente son piedras con las que me encariño. Pero otras, son errores con nombre y apellido; personas de carne y hueso que me cuesta dejar ir, y que no hacen más que dañarme a mí misma de manera indirecta, porque soy yo la que las busca.

Creo que se trata, también, de aprender a quererme un poquito más, porque no es sano ser conciente de lo mal que me hago y seguir haciéndolo de todas formas. No puedo vivir pensando en personas que ya no están, ni van a volver a estar, o sí, pero no de la misma manera que antes. Después de todo, esas personas están bien sin mí, y no creo que me piensen tan a menudo como yo lo hago.

Es momento de dejar de vivir de recuerdos y valorar a los que tengo a mi lado, a los que nunca me dejaron sola realmente. No puedo andar tan ciega por la vida.
A veces, creo que hay que ser un poco egoísta y jugársela por quien se la juega por uno. Soy muy de dar sin esperar recibir mucho a cambio, claramente espero, pero no en la magnitud en la que yo doy. Siento muchas cosas de golpe y poco me importa que me correspondan, y eso, sumado a que tengo el perdón muy fácil ahora, me hace un poco gila. Hay gente que no merece tanto amor, ni siquiera mis pensamientos.


Quisiera saber qué hago para apagar este fuego.

¿Por qué Dios me dio los ojos, si prefería ser ciego?

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