A veces, siento que mi vida en algún punto se detuvo y no sé bien cuándo pasó. Tengo claro que a mi infancia la viví de principio a fin, mi preadolescencia fue una cagada y mi adolescencia, una vez que le agarré la mano, terminó, pero supo ser el cliché de siempre: Cargada de inseguridades y amores baratos de telenovela a la hora de la siesta. Simplona. Predecible... Patética.
Desde chica, siempre tuve la necesidad de cuestionar todo; cada cosa que me rodeara, mi motivo en este mundo, mi razón de ser. Necesitaba explorar, conocer e ir más allá para sentirme viva, no por el afán de explicar lo inexplicable o de descubrir cosas que todavía nadie conocía (aunque mi credulidad facilmente me habría permitido confiar en eso), sino por las ganas que tenía de demostrarme que no estoy de paso. Con el tiempo, dejé de atender esas ganas de comerme el mundo. Dejé de buscar aventuras, mucho más de encontrarlas... Amo vivir en la ciudad, pero es hoy que me doy cuenta que mató esa parte que tenía de mí, o bien, la sepultó en algún lugar con el que todavía no doy por completo. Me volví más racional. No valoro tanto... Estoy en camino a volverme lo más parecido a una adulta mediocre y eso me aterra.
Es en cada cumpleaños, hace ya un par de ellos, que me doy de frente con la certeza de que esas ganas de comerme al mundo que tenía antes están intactas; que me acompañaron desde siempre. Fue fácil antes pensar que, por ser niña o adolescente, era común sentir eso, pero ya no soy ni una cosa ni la otra, y mis ganas son cada vez mayores.
Y no pasa por el lado de no querer madurar, no es mi Peter Pan el que escribe esto ahora. Me considero una piba muy ilusa para varias cosas, que confía de cualquier persona que le sonríe o le da una mano, pero para nada inmadura ya, entonces sé bien que ésto es parte de mí, de lo que soy como persona. Será por eso que, más allá de que le tenga pasión a la carrera que estoy estudiando, a veces, pensar que el día de mañana voy a ser abogada hace que lo encuentre un poco opuesto con mi forma de ser, pero es que soy, por un lado, alguien sumamente racional, con los pies en la Tierra; la misma que da los comentarios más fríos si se lo propone. Y, por otro, alguien que dispara su imaginación las 24 horas del día, que no tiene límites a la hora de soñar; la misma que se ilusiona hasta con un "Hola" simpaticón... Y no puedo desatender a un lado y abocarme al otro porque siento que me fallo completamente, y no es fácil, no lo es para nada, pero trato de serme fiel, tanto a mi cerebro como a mi corazón, que están bien divididos y se hacen notar de esa forma.
No quiero ser una del montón. No quiero fallarme y seguir caminos, sólo porque son "lo correcto"...
Es muy loco ésto, ya me pasó muchas veces igual pero, escribiendo esta entrada, digamos que encontré una pieza muy importante de este puzzle... Es momento de llevar el "todo", con el que cuento por ahora, a la práctica.
Datos personales
- Lile
- No soy igual en lo que digo y escribo. Cambio, pero no cambio mucho. El color de las flores no es el mismo bajo el sol que cuando una nube pasa o cuando entra la noche y las flores son color de sombra. Pero, quien mira, ve bien que son las mismas flores, por eso cuando parezco no estar de acuerdo conmigo, fijaros bien en mí: Si estaba vuelto para la derecha, me volví ahora para la izquierda, pero soy siempre yo, asentado sobre los mismos pies. El mismo siempre, gracias al cielo y a la Tierra y a mis ojos y oídos atentos, y a mi clara sencillez de alma.

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